FÚTBOL, ASCENSO Y VIOLENCIA
“Cuando vos entrás en una zona de riesgo, como el ascenso... no hay vuelta atrás”
Marcelo Carrasco, exjugador de Excursionistas, club situado en el viejo barrio de Belgrano, en la Capital Federal, analiza la violencia del fútbol del ascenso y las consecuencias que dejó en su vida disputar la década del ́80.
Con tan solo 17 años, Carrasco pasó de River Plate, en el que no tenía continuidad, a las inferiores de Excursionistas. A mediados de 1981, entrenando duro y tratando de aprender las reglas de juego, fue convocado al primer equipo de excursio.
En agosto debutó frente a Lanús, donde perdió 1 a 0. Tan solo un año pasó para que el fútbol de asenso le diera su primer golpe.
Alderete, defensor de San Telmo, con una fuerte patada promediando el final del primer tiempo, le fractura la tibia y el peroné. Eso lo dejó un año fuera de las canchas.
“Él me rompió en mi cancha, pero yo al año siguiente fui y lo rompí en la suya”, afrimó.
Convencido de que estaba entendiendo las reglas de juego, según Marcelo explica, el fútbol del ascenso se trata de medir partido a partido a ver quién es el más duro o quién es más guapo. “No importa el riesgo que uno tenga que correr, en la cancha siempre hay que imponerse” aclaró, y luego agregó: “Yo de ese cancha salí, vestido de policía y a los tiros”.
Relajado y reclinándose en su sillón, explicó: “Los policías me dejaron en un bar lleno de hinchas de San Telmo y yo estaba vestido con el equipo de Excursio, medias largas, pantalón y la camiseta. Los botines los había perdidos. Pero por suerte la dueña del local me rescató y me dio una taza de leche hasta que por fin vino mi papá a salvarme” .
Con solo 20 años, ya había asimilado la violencia física y verbal.
- ¿ Cuál fue la cancha más difícil a la que le toco ir?
- Todas las canchas del ascenso son difíciles, pero una de las peores es la de San Telmo. Era rutina ir ahí. Cuando cruzábamos el puente, entrábamos a la villa y parábamos en un destacamento hasta que la policía venía a escoltarnos. Desde que pisaba la villa , nuestro colectivo sufría una lluvia de piedra constante. La policía nos ponía los chalecos para llegar hasta el vestuario. Tenias que hacer el pique más rápido de tu vida.
Carrasco da por sabido que la entrada en calor se hace dentro del vestuario, que por lo general es muy chico, estilo pasillo, donde al equipo local le tiraban acaroina ( fuerte desinfectante) para que no pudieran respirar “Estábamos peor que en la cárcel”, asegura. Esto era el fútbol del ascenso, violento en todos los aspectos por donde se lo mire, un fútbol trabado, con mucho roce, y que el resultado era secundario a la hora de medir que equipo era más guapo.
Las canchas de asenso tenían otra cualidad. Asistían las familias enteras, desde abuelos hasta los nietos. “Siempre sabíamos que a la cancha que fuéramos, siempre íbamos a la guerra. Un pibito de unos ocho años, cuando estaba bajando del micro para jugar un partido contra Deportivo Laferrere, me revoleó una botella que casi me saca la cabeza”, afirmó, golpeando la mesa, mostrando impotencia, y preguntándose: “¿Cuál será el futuro de ese chico si a los ocho me tiro una botella? ¿ Ahora, con 34 años, que debe hacer de su vida?.
Mientras la década del ́80 iba pasando, Marcelo fue entrando en una zona en la que no había vuelta atrás. La violencia, pasó a ser una parte de él, en la cual partido a partido se instala más, pero él nunca se dio cuenta.
A pesar de que el equipo venía bien, ganando varios partido, él veía que la hinchada de Excursionistas iba con miedo a la cancha. En conjunto con el equipo decidieron redoblar la apuesta. “ Lo hicimos en dos o tres oportunidades, era solo para imponernos de local”
Cuando finalizaba el primer tiempo y los jugadores visitantes entraban al túnel de Excursionistas, los esperaba Chiesa, el arquero suplente que a su vez era karateca. Y por detrás, encabezados por él, venia el equipo. Dejaban al equipo contrario en el medio. "E le pegábamos para lastimarlos”, admite. Algunos jugadores, después de la golpiza, no se animaban a salir al segundo tiempo.
A más de 20 años de haber vivido un década a puro fútbol y violencia, Marcelo Carrasco, siente que esos 10 años le dejaron una irracionalidad, que a veces lo irrumpen. “Siempre me intento controlar, porque uno cuando entra en esos estados no los termina, o si lo hace siempre es de la peor manera. Yo hago un esfuerzo denodado por estar centrado, pero a veces la sangre caliente me circula rápido”, asegura.
Detrás de su escritorio, dentro del consultorio 8 del Sanatorio Municipal, y con cara de preocupado por el futuro de su hijo aseguró protegerlo.
“Mi hijo, de 26 años, conoció una cancha de fútbol hace tres años. No es que el no quisiera, por que es más tiene condiciones, pero yo evalué, y prefiero que estudie y que no viva la irracionalidad violenta que tuve que vivir yo ”, explica.
"¡Que poco futuro le queda a los jóvenes!" Si bien, hoy la violencia no es la misma que hace 10 años, sino que esta controlada. El problema radica en quien es el que la controla y a través de que medio.
Hoy en día todas las barras bravas , terminología dada a hinchas que a través de la fuerza imponen miedo y respeto y manejan el club como a ellos les plazca. Desde los negocios, hasta algunos de los pases de los jugadores siempre tiene que pasar por el aval de ellos. Lo peor de todo es la forma en que lo hacen: siempre es con violencia, amenaza y sometimiento.
Hay algo dentro de este fútbol argentino que es difícil de explicar. Pero aún más difícil es de entender: ¿Es posible pensar en un fútbol sin violencia cuando los policías son los que defienden a los narcos?
¿Cómo es posible que la misma policía que tiene que velar por la seguridad de los hinchas que van solamente a alentar a su equipo es la que ayuda y proporciona información para el tráfico de drogas? O, como bien aclara Marcelo, “No se puede vivir con la lacra adentro”.
NANTONALVARO